
Desátame,
poesía, con tu
cadencia innata.
Trae a la luz la esencia
de este sentir ingrato
a mi pecho pegado como
una maldición.
Muéstramelo
desnudo.
Quiero darle muerte
para que se reponga
mi pobre corazón.
Si bien sabe mi alma
que es inútil
la espera;
¿por qué
sigue la ingenua soñando
con su amor?
¿Acaso
es que prefiere ignorar
lo evidente;
seguir confiando siempre
en este falso amor?
Ahora en ti, poesía
vierto yo el veneno.
Que en su vaso de odio
con maldad me brindó.
Enveneno
mi vida.
Más tú
eres mi refugio y escribiendo
estos versos
se alivia mi dolor.
Guárdalo prisionero
en tu mundo de ideas.
Que sea una memoria
mi última canción.
Y con un verso libre
constrúyele
una reja, para que su
recuerdo
no nos perturbe a las
dos.
Fátima Cartagena